El Ecologismo quema
Cada verano, el mapa de España se tiñe de rojo. Los incendios forestales son cada vez más virulentos, más agresivos e incontrolables. No estamos ante simples quemas de rastrojo; nos enfrentamos a auténticas tormentas de fuego que devoran miles y miles de hectáreas en pocas horas. Sin embargo, más allá de la tragedia ecológica y económica —con pérdidas mil millonarias en madera, biodiversidad y patrimonio rural—, la factura más dolorosa se paga en vidas humanas. Vecinos que intentan defender sus casas, ganaderos atrapados, agentes forestales, miembros de la UME y bomberos, caídos en acto de servicio. Un coste incalculable e irreparable.

Ante la magnitud del desastre, el Ejecutivo central repite como un mantra el mismo diagnóstico prefabricado: la culpa es exclusiva del "cambio climático" y de las olas de calor. Es el escudo perfecto para eludir responsabilidades. Y nos lo repiten hasta la saciedad, como si quisieran convertirlo en realidad, a base de insistir en ello.
Pero la realidad técnica y sobre el terreno nos dice otra cosa: el calor puede encender la chispa, no se puede negar, siempre ha sido así; pero lo que convierte a nuestros montes en polvorines es la ingente cantidad de "gasolina vegetal" acumulada tras décadas de abandono.
El mito legal y la trampa burocrática
Los portavoces oficiales y simpatizantes acérrimos de izquierdas, se parapetan tras el marco normativo: "La Ley de Montes de 2003 obliga a propietarios, ayuntamientos y autonomías a mantener limpios los bosques". Totalmente de acuerdo en que la ley dice eso; "exactamente eso". Nada que objetar.
Pero no todo es tan sencillo, no nos quedemos en la superficie. En el Diario del Yeyo tengo por norma rascar un poco en las cosas, y extraer algunas conclusiones que la mayoría no puede o no quiere saber. Lo que el relato gubernamental oculta es cómo, a lo largo de estos últimos ocho años, el actual Ejecutivo ha exacerbado y retorcido ese marco normativo hasta convertir la limpieza del monte, obligatoria por ley, en una misión imposible de facto. Pensemos que es como si por un lado te lo permite, (la Ley dixit), pero por otro, te lo está poniendo tan difícil que se te hace imposible cumplirlo. Es una manera que tienen los gobiernos de anular una ley que no les gusta, sin necesidad de abolirla. Cuando un gobierno quiere que algo no se haga, no hace falta hacer una ley, con solo aumentar la carga burocrática, el complicado papeleo, o los pagos de altas tasas, es suficiente. A ver quien es el valiente que supera ese muro.

Y volviendo al tema, no estoy tratando de negar que la hiperregulación venga de lejos, de gobiernos anteriores, sean del color que sean; o que la Política Agraria Común (PAC) se diseñe en Bruselas; se trata de señalar a quien, en estos últimos años, teniendo la capacidad de simplificar y salvar el campo, ha decidido apretar todavía más, las tuercas de la burocracia, para contentar al dogmatismo ideológico del ecologismo de moqueta. Llámese “ecologismo de moqueta” a aquel ecologismo ideológico que gestiona sin tener ni pajolera idea de lo que es, o significa, el monte, o el entorno rural.
Las medidas y normas que han estrangulado la limpieza natural del monte se resumen en los siguientes puntos:
- Asfixia al pequeño ganadero y eliminación del "rebaño bombero": La ganadería extensiva (cabras y ovejas) ha sido históricamente el cortafuegos más barato y eficaz. La implantación del Plan Estratégico de la PAC (PEPAC) por parte del Ministerio, la penalización del Coeficiente de Admisibilidad de Pastos (CAP) bajo zonas arboladas y la amenaza de herramientas como el Cuaderno Digital Agrario, puede ser que estén pensadas para grandes explotaciones ganaderas, o agrícolas, pero han creado un entorno inhabitable y totalmente inhóspito,para el pequeño pastor de montaña. Sin relevo generacional, y con tantas trabas, los rebaños desaparecen y la maleza toma el sotobosque. Y eso ya sabemos que es gasolina pura.
- Prohibiciones y bloqueos al silvicultor y agricultor tradicional: Quien se dedica a la silvicultura —el cultivo, cuidado y aprovechamiento sostenible de las masas forestales mediante podas, clareos y recogida de leña— se topa con un laberinto de autorizaciones ambientales que tardan meses en tramitarse. Si un particular limpia su terreno sin la firma administrativa correspondiente, se enfrenta a sanciones astronómicas. O sea, no solo no se le ayuda a limpiar, sino que además se lo están poniendo cada vez más difícil. Ante las dudas y el coste, lógicamente, el propietario decide abandonar la tierra.
- Hiperprotección contemplativa sobre la gestión activa: Bajo la ideología de la "transición ecológica", se ha priorizado una visión donde el bosque se considera un parque natural intocable en lugar de un ecosistema que requiere intervención humana. Se prohíben las actividades tradicionales de extracción mientras la masa forestal acumula toneladas de biomasa seca por hectárea. Aquí, la responsabilidad política está repartida en tres niveles: del Gobierno Central por imponer el marco ideológico y normativo de moqueta; de las Comunidades Autónomas por ejecutarlo de forma cobarde, burocrática y cortoplacista; y del marco europeo por legislar de espaldas a la realidad rural del sur de Europa.
El teatro mediático y la complicidad ciudadana
Mención aparte merece la política del espectáculo. Para la clase dirigente —sea del color que sea— no hay rentabilidad electoral en financiar cuadrillas de desbroce en el frío invierno, cuando nadie las ve. Eso no da votos, nadie lo ve, nadie lo juzga. La foto que vende, la que otorga minutos de televisión y proyecta una falsa imagen de liderazgo, es la del político a pie de campo en pleno agosto, frente al puesto de mando avanzado. Por eso prefieren apagar un incendio antes que prevenirlo. Es estrategia electoral. Pura y dura. No te lleves a engaño, querido lector, los gobiernos prefieren quedar bien en la extinción de un incendio que todo el mundo sabe que no es culpa suya, antes que trabajar en silencio y sin que nadie se entere, para prevenirlo. El monte les importa un carajo. Es una pantomima calculada.
Pero los políticos no actúan en el vacío; no lo hacen porque sí; saben que esa imagen no cae en saco roto. Siempre hay alguien que se lo cree. Nosotros, los ciudadanos, caemos en la trampa al consumir ese circo mediático sin exigir cuentas sobre lo que se hizo —o se dejó de hacer— durante los meses fríos. Toleramos la pose de quien se presenta como salvador del incendio que sus propias leyes y burocracia, han ayudado a cebar. Por eso os pido a todos vosotros, queridos lectores, y a todo aquel que pueda, que no se crea nada, que no compre ese relato, que no se fie de los que aparecen en primera línea ante un micrófono, para decirnos siempre lo mismo: que si el cambio climático, que si la ola de calor, que si vamos a hacer esto, o vamos a hacer lo otro para que no se vuelva a repetir, en fin, siempre dicen lo mismo, ¿no os habeis fijado? Y no estoy hablando de un color político concreto, estoy hablando de todos los colores, de todos los políticos, de todos los gobiernos, sin excepción.
Ahora me estoy refiriendo a este gobierno, porque es el que tenemos ahora, pero en el futuro, si el gobierno es de otro color, seguiré diciendo lo mismo, si las cosas no cambian…
La política que mata
Estamos ante una estrategia perversa: utilizar la Ley de Montes para derivar culpas hacia abajo (propietarios y ayuntamientos), mientras desde arriba se imponen las normas que hacen inviable su cumplimiento. Una política ambiental redactada en despachos climatizados por ideólogos ecologistas desconectados totalmente de la realidad rural.
El resultado de esta protección de moqueta no es un planeta más verde, sino montes arrasados, economías rurales destruidas y vidas sacrificadas en el fuego. Porque cuando se impide la gestión tradicional, la que ha funcionado siempre, cuando se criminaliza al ganadero y al silvicultor, y cuando se deja que la maleza se convierta en una bomba de relojería, las consecuencias sobrepasan lo político.
Si solo se hubiera producido un incendio, o si solo hubiera sido un año malo, de mucho calor, o un simple pirómano, no diría nada. Pero todos sabemos que llevamos ya unos cuantos años repitiendo lo mismo, incendios cada vez más virulentos, cada vez más difíciles de apagar, y cada vez más trágicos. Así todos los años.
Si a pesar de todo esto, los gobiernos siguen sin hacer nada, lo voy a decir sin rodeos y con los hechos en la mano: cuando se aplica de espaldas a la realidad de la tierra, "la política ecologista de salón, mata". Lo digo abiertamente. Y con toda claridad. Y las tumbas de quienes han perdido la vida intentando sofocar el desastre son la prueba más trágica de su fracaso.
Incendios ha habido siempre. Pero no tan virulentos. Si en estos últimos años lo están siendo, igual no es solo el cambio climático, quizá también sea porque algo estamos haciendo mal.
Deberia hacernos reflexionar, ¿no os parece?
¡¡Hasta la próxima!!
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