El Caso Maduro
Cuando la ley protege al verdugo: ¿puede la justicia nacer de la ilegalidad?
La reciente detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha desatado un terremoto diplomático. Las cancillerías se apresuran a condenar la operación, los juristas desempolvan tratados, y los titulares hablan de “violación del derecho internacional”. Pero en medio del ruido, hay una pregunta que nadie se atreve a hacer:
¿Y si romper la ley era la única forma de hacer justicia?
La ley que protege al poder, no al pueblo
Durante años, Maduro ha gobernado Venezuela con puño de hierro: elecciones amañadas, represión sistemática, presos políticos, censura, exilio, hambre. Y sin embargo, cuando alguien actúa para detenerlo, se alzan voces indignadas… pero no por los crímenes del dictador, sino por la “violación de su soberanía”. ¡Me caigo muerto...!
¿Desde cuándo la soberanía de un régimen vale más que la vida y la libertad de su pueblo?
No todas las soberanías son iguales
Seguro que todos aquellos defensores a ultranza del derecho internacional, tal y como está establecido, al leer estas letras, me dirán, que este suceso “ilegal”, si no es castigado, puede dar pie a otros similares por parte de otras potencias, como serían los casos de Rusia con Ucrania, que ya ha ocurrido, o también los sueños húmedos que tiene China con Taiwán.
Pues bien, yo les digo que no es lo mismo intervenir en un país democrático como Ucrania o Taiwán —donde los gobiernos han sido elegidos libre y democráticamente por sus ciudadanos, y respetan los derechos humanos— que hacerlo en una dictadura que se sostiene por la fuerza. En el primer caso, cualquier injerencia es una agresión. En el segundo, puede ser una liberación. Ahí está la diferencia.
La clave está en la voluntad popular. Si un pueblo ha votado libremente y vive en un sistema de libertades, nadie debe tocarlo. Pero si un pueblo está secuestrado por un régimen que lo aplasta, ¿no tiene derecho a ser ayudado?
Sobre Trump, sin rodeos
Conviene aclararlo: este artículo no es una defensa de Donald Trump. No es un juicio sobre su persona, su estilo ni su trayectoria política. Debo decir que no es santo de mi devoción. Pero una cosa es el personaje, y otra la acción concreta. Y en este caso, lo que importa no es quién lo hizo, sino qué se hizo y por qué.
La detención de un dictador acusado de narcotráfico y crímenes contra su pueblo no puede ser juzgada únicamente por quién la ordenó, en este caso Trump, sino por lo que representa. Si mañana otro presidente, de otro país, hiciera lo mismo con otro tirano, el debate sería el mismo.
Quizá, y siempre desde mi humilde punto de vista, el hecho de ser Trump el que lo ha ordenado, junto al hecho de que es uno de los personajes mas odiados de este planeta, provoca cierta urticaria en aquellos que pareciéndoles bien la acción, aunque sea a escondidas, no soportan que haya tenido que ser el presidente americano el que se haya llevado la medalla. En ese caso, el problema no lo tiene Trump, lo tienen ellos. Es lo que tiene el visualizar todos los asuntos desde una perspectiva ideológica; que te impiden ver el problema con objetividad, y claro, así nos luce el pelo.
Los intereses de Trump y el petróleo venezolano: entre la geopolítica y la realidad del país
Otro aspecto que conviene mencionar es el del petróleo, porque explica parte de las motivaciones de Estados Unidos y, al mismo tiempo, ayuda a entender por qué la situación venezolana es tan compleja. Trump ha dicho en varias ocasiones que, cuando un país interviene para ayudar a otro, debería tener acceso preferente a sus recursos. En el caso de Venezuela, lo expresó con claridad: el país posee las mayores reservas de petróleo del mundo y su industria está colapsada. Sus intenciones pueden ser discutibles, incluso cuestionables, también yo lo veo así, pero forman parte del tablero geopolítico. No lo quiero justificar, y también me parece mal que haya un juego de intereses geopolíticos que se escapan a la comprensión de nosotros, simples y humildes ciudadanos. Pero es lo que hay, y tendremos que aceptarlo, aunque sea a regañadientes.
Ahora bien, también es cierto que el petróleo de Venezuela hace décadas que no beneficia al ciudadano venezolano. La producción se desplomó por mala gestión y corrupción, y buena parte del crudo se ha destinado a sostener alianzas políticas o pagar deudas. Cuba recibió petróleo subsidiado durante años; China y Rusia obtuvieron envíos enteros como pago de préstamos millonarios; y la propia élite del régimen controló la riqueza petrolera mientras la población sufría pobreza, escasez y apagones. Aún estoy esperando que alguien critique, siquiera mínimamente, el papel que han jugado en este tablero venezolano, países como China o Rusia. Estoy de acuerdo en que nadie es un santo en este mundo, y no espero buena fe, ni integridad, en ningún país, pero lo que sí que puedo exigir, a los que somos testigos de los hechos, es coherencia, y saber valorar, al menos, al que hace las cosas menos mal que el resto. Y volviendo al tema, en la práctica, el mayor recurso del país ha servido para mantener al régimen y financiar apoyos externos, no para mejorar la vida del venezolano común.
En este contexto, una inversión séria en la industria petrolera —sea de Estados Unidos o de cualquier país con capacidad técnica— podría generar riqueza real para Venezuela, siempre que se gestione con transparencia. Recuperar la producción significaría más empleo, más divisas, más actividad económica y menos dependencia de acuerdos lesivos con potencias que han aprovechado la debilidad del país. Por eso, aunque las motivaciones de Trump puedan tener un componente estratégico, eso no invalida que la acción pueda, al mismo tiempo, abrir la puerta a una recuperación económica y democrática, que beneficie directamente al pueblo venezolano.
Europa: entre la retórica y la irrelevancia
Ahora un poco de autocrítica, ¡y esa es otra! La Unión Europea no reconoce a Maduro como presidente legítimo. Lo ha dicho en comunicados, resoluciones y declaraciones varias. Pero cuando se trata de actuar, y demostrar la coherencia que se le presupone, se aferra al derecho internacional como si fuera una religión vacía, condenando cualquier intervención que no pase por los canales formales de la ONU.
¿Cómo se puede rechazar a un dictador y al mismo tiempo oponerse a su detención?
Peor aún: algunas formaciones políticas europeas, que se llenan la boca de derechos humanos, acaban alineándose con el dictador. En nombre del antiimperialismo, del pacifismo o del cálculo electoral, terminan defendiendo al opresor y olvidando a los oprimidos. ¿Cómo se come eso?
Y mientras tanto, Europa perdiendo peso. Ya no arbitra, no lidera, no impone respeto. Su voz suena cada vez más lejana en el concierto internacional. Y cuando habla, pocos escuchan.
La ONU: un árbitro paralizado
La ONU, en teoría, debería ser el espacio donde se resuelven estos dilemas. Pero su Consejo de Seguridad está secuestrado por los vetos cruzados de las grandes potencias. En el caso de Venezuela, ni ha protegido a los ciudadanos ni ha sancionado al régimen con eficacia. De los cinco miembros con derecho a veto, con uno solo que se oponga, ya no se puede hacer nada. Así pues, la ONU y su Consejo de Seguridad, no sirven realmente para nada...
La “Responsabilidad de Proteger”, ese principio que prometía evitar nuevos genocidios y crímenes de Estado ha quedado en papel mojado. Y cuando alguien actúa por su cuenta, como en este caso, se le acusa de romper las reglas.
@jassichecks Resumen de lo que pasó con Nicolás Maduro tras la intervención de Donald Trump en Venezuela 🇻🇪 Por si no tienen mucho tiempo y quieren saber lo que está pasando, les iré explicando las noticias más importante y de manera neutral en los próximos vídeos #maduro #venezuela #estadosunidos #donaldtrump #resumen ♬ Poder - bitchbaby
¿Qué es más peligroso: la ilegalidad o la inacción?
Aquí está el corazón del asunto. Si un régimen viola sistemáticamente los derechos humanos, si no hay vías internas para cambiarlo, si la comunidad internacional está paralizada… ¿Qué se puede hacer? ¿Nada? ¿De verdad estamos todos dispuestos a ver delante de nuestros ojos, como se castiga, se encierra y se mata impunemente a ciudadanos venezolanos, sin que nadie haga nada? ¡¡Vaya estómago!!
¿No es legítimo que alguien actúe, incluso si eso contradice la letra de la ley?
No se trata de justificar cualquier intervención. Sólo aquellas que tienen como objetivo claro y verificable la defensa de los derechos humanos y la restauración de la democracia. Si una acción va contra un gobierno legal y democrático, debe ser condenada. Pero si va contra un régimen ilegítimo y represor, puede ser un acto de justicia, aunque sea ilegal.
La ética de la desobediencia justa
La historia está llena de momentos en que romper la ley fue el primer paso para cambiarla. La abolición de la esclavitud, la resistencia al nazismo, la caída del apartheid… Todos comenzaron con actos que desafiaron el orden establecido.
Hoy, el derecho internacional necesita evolucionar. No puede seguir protegiendo a los verdugos mientras abandona a las víctimas. No puede seguir siendo un escudo para dictadores que se esconden tras fronteras y tratados.
Conclusión
Si la ley internacional ya no protege a los pueblos, ¿no será hora de cambiarla?
Aunque como te he dicho, amable lector, no soy fan de Donald Trump, en este caso aplaudo su acción, y aplaudo su decisión, independientemente de sus motivaciones económicas. Otra cosa será, por ejemplo, en su aspiración a conseguir Groenlandia, y arrebatársela a Dinamarca, y por tanto a la Unión Europea. Llegado ese caso, lo criticaré. Pero eso será en otro artículo.
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