Álvaro de La Iglesia: El genio que me hacía llorar de risa
Hay experiencias que te marcan la vida, y se graban a fuego en tu mente y en tus recuerdos, de forma totalmente inolvidable; y para mí, una de ellas fue descubrir a Álvaro de La Iglesia. Tenía yo apenas catorce años, esa edad en la que uno empieza a entender el mundo pero todavía conserva la capacidad de asombro intacta.
Entre los libros viejos que tenían mis padres en casa, recuerdo uno en especial, que me hizo disfrutar muchísimo, del genial Alvaro de La Iglesia. No se porqué me fijé en el. "...Todavía recuerdo el peso de aquel libro en mis manos. No era como las ediciones de bolsillo de ahora; tenía una cubierta entelada, con ese tacto rugoso que parece tejido, de un color gris claro que engañaba a cualquiera. Por fuera parecía un manual serio, casi un libro de texto antiguo, pero dentro guardaba dinamita pura. Era una joya esondida.
No tenía dibujos ni adornos en la portada, solo esa rejilla típica de los tejidos. Solo en el lomo se leía su nombre y el título, con letras doradas, que el tiempo ya empezaba a desgastar. Esa sencillez exterior hacía que el contraste con el humor desternillante de su interior fuera aún mayor. Era como abrir una caja gris y aburrida para encontrarte dentro una fiesta con fuegos artificiales."
Recuerdo perfectamente la sensación: abrir uno de sus libros y sentir que la risa no me venía de la cabeza, sino de las tripas. Era una risa desternillante, de esas que te obligan a cerrar el libro un momento para poder recuperar el aliento.
Un retazo de su vida: Entre San Sebastián y la trinchera del humor
Para entender su ingenio, hay que saber de dónde venía. Don Álvaro nació en San Sebastián en 1913, en una familia con raíces periodísticas. Pero lo que realmente forjó su carácter fue la experiencia de la guerra y la posguerra. No mucha gente sabe que empezó muy joven en el periodismo de humor, pero su gran salto llegó en 1944, cuando asumió la dirección de la mítica revista "La Codorniz".
Imaginaos el reto: ponerse al frente de una publicación de humor en plena posguerra española. Don Álvaro no solo aceptó el reto, sino que dirigió la revista durante 33 años ininterrumpidos. Bajo su mando, La Codorniz se convirtió en un refugio del ingenio y la inteligencia. No era fácil; le tocó lidiar con una censura gris y rígida que le supuso incontables multas, juicios y hasta suspensiones de la revista. Pero él siempre encontraba la rendija por donde colar el ingenio, demostrando que el humor es la mejor arma contra la falta de libertad.
Aquel inolvidable Tobías Esquiveles
Si hay algo que recuerdo con un cariño especial de sus libros —que vendía por millones, por cierto— es la historia de Tobías Esquiveles. Era un personaje que encarnaba perfectamente lo que Don Álvaro sabía hacer mejor: el humor del absurdo. Tobías era un hombre normal, algo hipocondríaco, que por un simple malentendido empezaba a creer que tenía una enfermedad rarísima.
Recuerdo leer sus diálogos con los médicos, sintiéndose un "mártir" de la medicina, y tener que parar de leer porque las lágrimas de risa no me dejaban ver las letras. Don Álvaro lograba que nos viéramos reflejados en esas neurosis tan humanas. Nos enseñaba que, a menudo, nuestras mayores preocupaciones no son más que un chiste mal contado por nosotros mismos.
Un estilo para todos
Lo que más agradezco de su escritura es que es brillante pero sencilla. Don Álvaro escribía "en cristiano", de forma llana, para que cualquier lector pudiera entrar en su juego sin necesidad de diccionarios. Sus libros tenían títulos que ya te hacían sonreír antes de abrirlos, como "Todos los ombligos son redondos" o "Se prohíbe llorar".
Su especialidad era retratar las situaciones cotidianas: los líos de pareja, las vacaciones que salen mal. etc... Tenía una agilidad mental asombrosa para darle la vuelta a una frase y dejarte descolocado.
Situaciones que hoy nos harían la misma gracia
Otro de los momentos que siempre me han hecho gracia de sus relatos son sus escenas en lugares cotidianos. Recuerdo una vez que describía a un cliente indignado pidiendo el "Libro de Reclamaciones" en una tienda. Don Álvaro convertía ese momento de tensión en una coreografía de disparates: el dueño escondiendo el libro, los dependientes inventando excusas y el cliente cada vez más enredado en sus propias palabras.
Al final, lo que Álvaro de La Iglesia retrataba era nuestra propia torpeza. Demostró que se puede ser brillante siendo sencillo. Que se puede ser un cómico de raza sin necesidad de insultar a nadie. Sus personajes no eran héroes, eran gente corriente metida en líos de los que no sabían salir. Y lo hacía con una escritura sencilla y llana, sin palabras difíciles. Escribía como hablamos nosotros, pero con una chispa que ya nos gustaría a muchos. A veces nos ponemos demasiado serios. Parece que si un libro no es una tragedia griega o un ensayo sesudo, no vale la pena. Yo os digo que leer títulos como "Solo se mueren los tontos", "Dios le ampare, imbecil" o "Los que se fueron a la porra" es el mejor regalo que os podéis hacer. Os aseguro que pasaréis un buen rato, y muy divertido.
Un rescate necesario
Aquel chaval de 14 años que fuí se lo pasó en grande con sus lecturas. Después de aquel atracón de risas juvenil, la vida siguió y, por esas cosas que pasan, le perdí el rastro. Para mí, volver a sus páginas es volver a tener 14 años y sentir que, por muy mal que vaya el día, siempre habrá un Tobías Esquiveles dispuesto a hacernos soltar una carcajada desternillante.
Por eso hoy, desde este humilde rincón del Diario del Yeyo, quiero rendirle un pequeño homenaje. Don Álvaro de La Iglesia falleció en 1981, poco después de esta entrevista, dejándonos un legado de más de cincuenta libros y miles de páginas de humor inteligente.
Hoy, os invito a vosotros a hacer lo mismo. Si os cruzáis con alguno de sus libros en una tienda de segunda mano, o en un mercadillo, no lo dudéis: haceos con él. Lleváoslo a casa. Vuestra salud mental os lo agradecerá. Recuperar su lectura es recuperar una parte de esa chispa que a veces perdemos al hacernos adultos. Porque, al final, la risa es como la música, es la mejor banda sonora para la vida.
¡¡Hasta la próxima!!
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