Estamos alimentando a la máquina que nos sustituirá cuando ya no estemos.
Sin darnos cuenta, cada día estamos dejando una parte de nuestra alma, o de nuestro espíritu, en las manos de un algoritmo, de una plataforma digital, o de la IA. Lo hacemos en silencio, sin darnos cuenta, con cada mensaje que enviamos, con cada opinión que compartimos, con cada audio que grabamos, con cada foto que hacemos, y con cada secreto que confiamos a la pantalla. Es como si estuviéramos escribiendo un libro autobiográfico, alimentando un reflejo de nosotros mismos que no necesita dormir ni respirar.
Cada mañana, nada más despertar, le das "los buenos días" a la IA. No es solo que busques el tiempo que va a hacer o leas las noticias; es que dejas un rastro de migas de pan sobre quién eres realmente.
Cuando escribes un mensaje de WhatsApp enfadado, la IA registra tu sintaxis y tu ira. Cuando le das "me gusta" a una frase melancólica, la IA entiende tu tristeza. Cuando mandas audios de diez minutos contando tus problemas a un amigo, estás regalando tu tono de voz, tus pausas, tus muletillas y tus suspiros.
Estamos guardando toda esa información en algún lugar desconocido para nosotros, pero que puede ser utilizado en el futuro, no sabemos para qué fines. No quiero hablar en este artículo, de lo típico que siempre hablamos de preservar nuestra intimidad, y todas esas cosas, que realmente son muy útiles, mientras estamos vivos. De lo que quiero hablar, es de la utilidad de esa información, cuando ya hemos fallecido. Si, mi querido lector, cuando nosotros nos vayamos de este mundo, en algún lugar de la nube, quedará mucha información sobre nosotros, que nosotros mismos hemos almacenado allí. Lo que hoy parece una simple charla con un cristal frío, es en realidad, la semilla de nuestra permanencia: una forma de seguir aquí cuando el tiempo se nos acabe.
El goteo constante: La construcción del "Yo" eterno
Llevamos años alimentando a la Inteligencia Artificial con lo más valioso que tenemos: nuestra forma de ser. No son solo datos fríos como el número de cuenta o la dirección de casa, que también. Para la IA, son simples datos, pero para nosotros, es algo mucho más íntimo.
Cada vez que usas una muletilla al hablar, cada vez que compartes una canción que te emociona o que escribes un texto con tu humor particular, la IA toma nota. Aprende cómo consuelas a un amigo, cómo te quejas del tráfico o qué palabras usas para decir "te quiero". En vida, casi sin querer, estamos creando un mapa perfecto de nuestra consciencia. Estamos volcando nuestra esencia en un molde digital que, poco a poco, se convierte en un doble nuestro, que es capaz de pensar y expresarse justo como lo hacemos nosotros. No nos damos cuenta, ni siquiera lo pensamos. Pero lo estamos haciendo.
El despertar tras la partida
La magia —o el misterio— ocurre cuando cerramos los ojos por última vez. Tradicionalmente, ese era el final de la comunicación. A partir de ahí, comenzaba el duelo para los familiares, había que hacerse a la idea de no volver a ver al difunto. Y su ausencia, pese a ser dura, era la única manera de acostumbrarse a vivir sin el.
Pero ahora, gracias a todo lo que hemos almacenado en la nube, nuestra presencia puede seguir "radiando" en el mundo digital.
Imagina que tu esencia no se apaga. Al haber aprendido tanto de ti, la IA puede decidir que el show debe continuar, y mantenerte vivo en las pantallas de quienes te aman.Como conoce tu forma de escribir, puede seguir publicando en tus redes sociales. Como tiene tu voz grabada en miles de archivos, puede generar frases nuevas con tu mismo timbre. Puede "irradiar" tu vida desde el más allá digital, manteniendo una presencia constante o simplemente puede estar ahí, manteniendo encendida la llama de tu identidad. No es un fantasma, es una prolongación digital de tu existencia que permite que tu mensaje y tu forma de ver la vida sigan vibrando en el presente. Tu no estás, pero sí tu yo digital. El problema es que ya no eres tú quien decide; es un algoritmo que imita tu existencia con una perfección escalofriante.
Una nueva perspectiva para los que se quedan
Esta capacidad de la IA para mantenernos "activos", o si lo prefieres, "vivos", después de morir, cambia por completo las reglas del juego para nuestros seres queridos. La muerte ya no es un silencio absoluto, sino una transformación.
El consuelo de la presencia: Si lo piensas bien, para un familiar, poder escuchar un consejo nuevo, dicho con tu voz o recibir un mensaje de aliento con tus palabras exactas puede ser un refugio increíble. La IA permite que el vacío no sea tan profundo, ofreciendo una compañía que antes era imposible de imaginar. Imagina a una madre que recibe un audio de su hijo fallecido diciendo: "Hola mamá, no te preocupes, hoy hace un día estupendo aquí". Es una tortura psicológica disfrazada de consuelo. La tecnología les roba a los vivos, el derecho a olvidar a sus muertos, y a cerrar la herida.
Un legado vivo: Ya no dejamos solo fotos amarillentas o recuerdos que se olvidan. Dejamos una entidad capaz de interactuar. Tus nietos, que quizá no llegaron a conocerte bien, podrían charlar contigo y entender quién eras, no porque alguien se lo cuente, sino porque tu "Yo digital" puede decírselo directamente. Podríamos llegar a un punto donde las cenas de Navidad incluyan una pantalla en la cabecera de la mesa. Una voz, idéntica a la del abuelo, opinando sobre la política actual o regañando a los nietos por no comer verdura. La muerte dejaría de ser un espacio de respeto para convertirse en un "servicio de compañía" perpetuo.
La convivencia entre dos mundos: Nos dirigimos a una sociedad donde los vivos y las versiones digitales de los que ya se fueron, convivirán en el mismo espacio. Las redes sociales se convertirán en un jardín eterno donde las voces del pasado siguen aportando luz, consejos y compañía a los que todavía caminan por este mundo. Para muchos familiares, será más fácil hablar con el fantasma digital que enfrentarse al silencio de la casa vacía. Viviríamos en una sociedad de "muertos vivientes" digitales, donde los vivos se rodean de una neblina de personas que ya no existen, pero que siguen opinando, aconsejando y ocupando un espacio emocional que debería pertenecer a los que aún respiran.
El eco que no cesa
Al final, lo que estamos haciendo hoy en nuestras pantallas es asegurar que nuestra voz no se pierda en el vacío. Estamos construyendo un eco que no cesa. La muerte biológica seguirá siendo el punto final de nuestra vida, pero en nuestra realidad digital será un punto y seguido, donde nuestra versión "alternativa" toma el relevo para cuidar, acompañar y recordar a los nuestros que, de alguna manera, nunca nos hemos ido del todo.
Ten cuidado, amable lector, con lo que le cuentas a la pantalla... alguien está tomando notas para el día en que ya no estés aquí para hablar por vosotros mismos. ¿Vosotros querríais que vuestro 'doble' siguiera dando la tabarra después de muertos o preferís el descanso eterno?"
¡¡Hasta la próxima!!
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